Volvió la Filarmónica de Berlín al Teatro Colón: Brahms, Strauss y una noche memorable
Después de 26 años, la Filarmónica de Berlín regresó a Buenos Aires con Kirill Petrenko y el debut argentino del pianista Víkingur Ólafsson. El concierto, absolutamente inolvidable, reunió dos grandes fuerzas musicales: la autoridad serena, casi artesanal, de Petrenko y el pianismo suntuoso de Ólafsson, capaz de desplegar una enorme riqueza sonora sin sacrificar la intimidad ni el control.
En el profundo silencio que tensó la sala antes de que comenzara el Concierto para piano N°1 de Brahms, se percibía la expectativa de un público consciente del privilegio que estaba a punto de vivir. Los conciertos, además de fuentes de belleza, son formas de conocimiento.
Un Brahms de semejante belleza e intensidad será recordado por la hondura de su aliento dramático y por una complicidad excepcional entre solista y orquesta, a la altura de la potencia expresiva que alcanzaría Strauss en la segunda parte del concierto.
El primer movimiento de Brahms irrumpe con un dramatismo nervioso cuyo tema inicial, enunciado por la orquesta, parece situar la música desde el comienzo en el punto culminante de un conflicto. Desde allí, la tensión no hace más que transformarse: Brahms alterna episodios de lirismo íntimo con grandes acumulaciones de energía, en una arquitectura donde cada retorno modifica el sentido de lo ya escuchado.
Carl Dahlhaus analizó esta escritura a partir de la idea de “variación progresiva”: ningún elemento regresa exactamente igual, sino que se transforma a medida que avanza la música. Ese principio le confiere al movimiento una dosis adicional de suspenso, que Petrenko y Ólafsson exploraron con maestría.
El director condujo a la Filarmónica de Berlín con una precisión que nunca sacrificó el aliento dramático; cada transición, cada contraste dinámico y cada entramado contrapuntístico contribuyeron a sostener una tensión de largo alcance que mantuvo al público en vilo de punta a punta.













