Su propio infierno o cómo un director de cine quiso reivindicarse y apenas logró una parodia poco inspirada


De entrada nomás, Nicolas Winding Refn le hace una advertencia al espectador, a partir de una de sus protagonistas que comenta, mientras espera el comienzo de un rodaje, que “esta película va a ser un infierno”. La frase es uno de los (pocos) chistes y (muchos) guiños del cineasta danés en su nueva provocación, Su propio infierno, después de haber pasado una década entera sin estrenar un filme.

La polémica El demonio neón se estrenó en 2016 y ya pasaron quince años desde que Ryan Gosling protagonizó Drive, su mayor éxito, y treinta desde que la primera parte de la vertiginosa trilogía Pusher con la que irrumpió desde Europa.

Nicolas Winding Refn cuenta que se mantuvo ocupado en estos diez años alejado de la cámara con una afección coronaria que, hace ya un tiempo, lo mantuvo media hora muerto antes de haber sido reanimado. El director bromea agradeciendo “a Dios por matarlo y mandarlo de vuelta” y asegura que la experiencia lo hizo decidir que era hora de arrancar de vuelta de cero y sirvió como gran inspiración de Su propio infierno.

Tal vez esa motivación haya condicionado la historia de la película, difusa como la niebla que cubre la metrópolis retrofuturista en la que transcurre.

Tres actrices se juntan en un hotel para hacer una película: una estrella de cine (interpretada por Sophie Thatcher, que brilló en Hereje y Compañera perfecta), su madrastra -que supo ser su mejor amiga hasta haberse metido en la familia- y una influencer debutante.

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El filme está a cargo de Johnny Thunders, padre de la estrella y marido de la examiga, y buena parte de la trama se centra en las tensiones, casi siempre sexuales, de ese triángulo.

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