¿Lizzie Borden y Bridget 'Maggie' Sullivan tuvieron un romance en la vida real? La verdadera historia detrás del papel de Vicky Krieps en la cuarta entrega de 'Monstruo' de Netflix


El estreno de la cuarta temporada de la antología "Monstruo: La historia de Lizzie Borden" en Netflix ha revivido uno de los crímenes más enigmáticos -y sangrientos- de la historia estadounidense. La nueva parte creada por Ryan Murphy e Ian Brennan, busca reconstruir el brutal doble homicidio a hachazos ocurrido en 1892 en Fall River (Massachusetts) y situar en el centro de la escena una relación cargada de tensión sexual, manipulación y complicidad criminal entre la acusada, Lizzie Borden (interpretada por Ella Beatty), y la empleada doméstica de la casa, Bridget "Maggie" Sullivan (encarnada por Vicky Krieps).

En la pantalla, la serie presenta a Bridget como una figura calculadora que incita a Lizzie a rebelarse contra el yugo familiar, presentando encuentros íntimos en los cuartos del servicio, baños rituales de jugo de cereza e incluso el uso de "audaces dispositivos" para la época victoriana. Sin embargo, detrás del despliegue dramático y el suspenso que caracteriza a las producciones de Netflix, la realidad es que la relación entre ambas mujeres fue fría, distante y estrictamente profesional.

Nacida hacia 1866 en la empobrecida parroquia minera de Allihies, en el condado de Cork, Bridget Sullivan perteneció a esa generación de jóvenes irlandesas que emigraron a Estados Unidos tras las secuelas de la Gran Hambruna. Tras desembarcar en Newport en 1883 con apenas dieciséis años y trabajar en el servicio doméstico en Pensilvania, Bridget se trasladó en 1889 a la próspera ciudad industrial de Fall River. En noviembre de ese mismo año, el acaudalado empresario Andrew Jackson Borden la contrató como única empleada interna por un salario semanal de tres dólares.

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A pesar de la enorme fortuna de Borden, la casa del número 92 de Second Street carecía de comodidades básicas como agua corriente, iluminación a gas o agua caliente. Bridget debía realizar en soledad extenuantes tareas físicas que incluían cargar agua en cubetas, hornear, lavar ropa a mano y cocinar tres comidas diarias (cuatro si contamos la merienda u "hora del té").

Su lugar en la casa estaba relegado a una pequeña buhardilla sin calefacción en el tercer piso. La distancia con sus patrones era abismal: mientras Abby Borden era la única que la llamaba por su verdadero nombre, Lizzie y su hermana Emma se dirigían a ella bajo el apodo genérico de "Maggie", la denominación con la que llamaban a la sirvienta anterior. Aunque el ambiente sofocante y las tensiones familiares la llevaron a intentar renunciar en varias ocasiones, Bridget permaneció en el puesto por lealtad hacia Abby, a quien definió tras la tragedia como una mujer encantadora.

A pesar de la apasionada aventura que retrata la serie de Netflix, no existe un solo documento histórico, carta o testimonio de la época que sugiera que Lizzie Borden y Bridget Sullivan mantuvieran una relación sentimental o sexual. Para historiadores y expertos en el caso como Cara Robertson, autora de "El juicio de Lizzie Borden" (The Trial of Lizzie Borden), la idea del romance es una construcción puramente sensacionalista que responde al deseo recurrente de la literatura y el cine de insertar un interés amoroso para explicar la violencia o justificar la dinámica del crimen.

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