Don Osvaldo volvió a Mendoza: 135 minutos de rocanroles para entender el ritual del Pato Fontanet
Don Osvaldo volvió a Mendoza y, una vez más, puso en movimiento a esa comunidad fiel que lo sigue, lo espera y le responde cada vez que la banda pisa suelo cuyano.
Rock chabón, barrial, rolinga. Desde que aquellos grupos de amigos comenzaron a salir de los garajes, se intentó etiquetar un estilo que terminó marcando una época y una forma particular de entender el rock argentino. Don Osvaldo quedó, tal vez sin buscarlo, como una de las bandas emblemáticas de ese rocanrol y también como una de las propuestas más convocantes de la escena nacional: una banda capaz de conservar el pulso de la calle mientras sostiene una masividad que pocas formaciones alcanzan.
Patricio Santos Fontanet comandó la presentación de Zona Liberada ante un Arena Maipú efervescente, que desde temprano mostró un intenso movimiento en sus alrededores. Las largas y variopintas previas forman parte inseparable del ritual: el viaje, la juntada, la remera, la cerveza, las canciones y esa espera colectiva que comienza mucho antes de que las luces del escenario se apaguen.
La fidelidad de su público no es una novedad. Tampoco lo es el contagio por herencia: esa pasión que se transmite de padres a hijos y que puede verse en las nuevas generaciones que hoy ocupan los mismos espacios que, décadas atrás, cobijaron la rebeldía adolescente de quienes ahora los acompañan en una misma pasión.
Hay algo profundamente generacional en Don Osvaldo, pero también algo que se renueva cada vez que Fontanet aparece frente a un micrófono.
Allí donde se anuncia una fecha de Don Osvaldo se activa una comunidad que excede largamente la lógica. Hay viajes desde otras ciudades, rituales compartidos, canciones convertidas en consignas y un vínculo con su cantante construido durante años, atravesado también por algunos de los capítulos más complejos y dolorosos de la historia reciente del rock argentino.













