Cómo se construyen las canciones de cancha: lejos del marketing, anonimato, impunidad de masas y el héroe popular Sergio Denis


“Algo fundamental como poeta lo aprendí yendo a la cancha”, escribió el poeta argentino Alejandro Crotto al rememorar su iniciación a los quince años en la tribuna del Monumental, bajo un anillo de luces que recortaba un cielo negrísimo. “Borges decía que lo distintivo de la poesía es que al leerla sentimos el deseo de decirla en voz alta, como si hubiera algo en su intensidad que pide materializarse. La canción de cancha nos recuerda eso, que la poesía empezó hace miles de años alrededor del fuego con percusión tribal”.

La estructura formal de estos cantos revela una arquitectura rítmica milenaria. No es casualidad que las tribunas adopten métricas casi idénticas a los clásicos romances castellanos. Crotto descompone la célebre melodía de “Qué alegría, qué alegría…” para revelar su secreto técnico: versos heptasílabos que se encastran unos con otros en un loop infinito, donde la base instrumental de la percusión modifica incluso la acentuación natural de las palabras para sostener la misma duración. Así, el final se encabalga con el principio: “como mi corazón, quea / legría qué alegría”.

Pero el verdadero milagro poético de la tribuna ocurre cuando, dentro de ese andamiaje rígido, se produce un chispazo imprevisto. El canto puede venir hilando lugares comunes sobre el ganar o el salir campeón, hasta que, de repente, la letra da un salto lírico hacia el abismo: “El día que me muera / yo quiero mi cajón / pintado rojo y blanco / como mi corazón”.

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Hay allí, como destaca Crotto, la necesidad existencial de dejar constancia, aun ante la muerte, de una pasión semejante.

El verdadero sostén de la canción de cancha es su acústica poderosa. Hay una tensión física, casi violenta, en el instante previo a la unificación de las voces.

Quienes estudiaron la acústica de las catedrales góticas suelen describir el “efecto de acoplamiento”: ese momento en que el espacio físico y la vibración de las gargantas de los fieles se funden en una sola masa resonante, anulando la distancia entre el suelo y el techo. En el siglo XXI, el templo donde esta comunión acústica se manifiesta con su mayor carga dramática, visceral y sociológica no es la Abadía de Westminster ni el Teatro Colón ni la Philharmonie de Berlín. Es la tribuna popular de un estadio de fútbol.

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