Alicia en el País de las maravillas: una obra de otra dimensión, como nunca antes se había visto en el Colón
El Ballet del Teatro Colón que dirige Julio Bocca, junto con todas las áreas técnicas y artísticas de esta gran institución porteña, llevaron a cabo una verdadera proeza: el montaje de Alicia en el País de Maravillas, creada por el coreógrafo británico Christopher Wheeldon y estrenada en Londres en 2011 con el Royal Ballet.
Ha sido una proeza en el sentido de las grandes dimensiones y la enorme complejidad de su puesta en escena: ya se había anticipado aquí que detrás del escenario se precisan una cantidad de personas -nada menos que 60 entre técnicos, iluminadores, maquilladores, utileros y vestidores-, que es el mismo número de bailarines a la vista del público.
Es decir, todos aquellos que asisten a la obra con sus respectivas responsabilidades, deben ejecutar una “coreografía” detrás de escena con la misma precisión y exactitud que la coreografía visible. No debe haber ni el mínimo choque ni la mínima distracción.
Empezar por este punto el comentario sobre Alicia en el País de las maravillas es sólo el ineludible reconocimiento al gran trabajo del Teatro Colón en esta, y es necesario usar la misma palabra, proeza.
El breve y extraordinario relato de Lewis Carroll, que prácticamente todo el mundo conoce gracias a sus múltiples adaptaciones, fue publicado en 1865 y devino en la fuente de filmes, obras de teatro y de danza, comedias musicales y cine de animación.
El verdadero nombre de Carroll era Charles Dodgson, diácono anglicano, profesor de lógica, matemático y fotógrafo. Había nacido en el condado de Cheshire (el mismo de donde proviene el misterioso gato de Alicia…) y pasó la mayor parte de su vida en instituciones universitarias. Fue precisamente en Oxford donde Dodgson concibió Alicia…, primero como un relato oral, durante un viaje en bote de 8 kilómetros, destinado a las tres pequeñas hijas de su amigo Henry Liddell.













