Cuatro excelentes manos para la obra de György Kurtág: cuando la música se queda en la memoria del oyente


Hay una anécdota que Martha Argerich contó alguna vez. Un gran pianista argentino le pidió su opinión sobre un colega y ella respondió: "Es bueno. Pero sólo hace lo posible".

La anécdota vuelve a la memoria después del concierto con el que Helena Bugallo y Haydée Schvartz celebraron el centenario del compositor húngaro György Kurtág en el CETC. Porque lo que ambas realizaron en el escenario fue, precisamente, ir más allá de lo posible en un instrumento que, en su nivel más prosaico, no deja de ser un mecanismo de martillos golpeando cuerdas. El logro de ambas intérpretes consistió en suspender esa materialidad y convertir el piano en un espacio de ilusión acústica que proyectó el universo lúdico y fantástico de Kurtág.

La celebración estuvo concebida alrededor de Játékok (Juegos), el núcleo del universo creativo del compositor. Iniciado en 1973 y ampliado de manera ininterrumpida durante más de cinco décadas, este ciclo constituye mucho más que una colección de miniaturas para piano: es, como escribió Federico Monjeau, "un diario musical y epistolar repleto de homenajes, recuerdos y diversos experimentos compositivos". Pero también es una pedagogía de la escucha. Kurtág parece recordarnos que oír no consiste en registrar sonidos sino en descubrir relaciones invisibles entre memoria, gesto y tiempo; en decir muchísimo con casi nada.

Entrar en Játékok se parece a atravesar la madriguera del conejo de Alicia en el país de las maravillas. La simultaneidad con el magnífico ballet Alice's Adventures in Wonderland del coreógrafo Christopher Wheeldon en la sala principal, arriba del CECT, resultó casi una metáfora involuntaria. En ambos casos se accede a un territorio donde las proporciones habituales dejan de funcionar y donde un acontecimiento diminuto puede adquirir una intensidad desmesurada.

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La música de Kurtág vive precisamente de esa alteración de la escala. Sus piezas rara vez superan uno o dos minutos, pero concentran una densidad emocional que compositores como Mahler o Bruckner distribuían a lo largo de movimientos enteros. Como observó Bálint András Varga, sus melodías son semejantes a una flor prensada: conservan toda su forma, pero condensada, inmóvil y extraordinariamente frágil.

El programa evitó cualquier cronología para internarse en la lógica poética de ese universo. Cinco sets alternaron obras para dos pianos, piano a cuatro manos y la singular combinación de piano y pianino, creando un precioso efecto sonoro antifonal.

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