40 años de Oktubre: un disco que todavía nos mira desde el espejo
Si las épocas tuvieran música de fondo como las películas no hay dudas de que la segunda mitad de los 80s y gran parte de los 90s tendrían meses y hasta años enteros con la banda de sonido de Los Redonditos detrás y, muy especialmente, de su disco crucial en ese período: Oktubre.
Publicado el 4 de octubre de 1986, cuando la democracia argentina todavía era una experiencia reciente y frágil, puso música a un malestar que no siempre encontraba palabras. No fue un retrato literal de la sociedad ni un manifiesto político convencional. Fue algo más extraño y perdurable: un conjunto de canciones que parecían venir de un territorio en conflicto, donde la libertad recién conquistada convivía con los fantasmas de un pasado demasiado cercano.
La Argentina de aquellos años tenía motivos para celebrar. La dictadura había terminado en 1983, el juicio a las juntas militares había marcado un acontecimiento histórico y la recuperación de la vida democrática abría la expectativa de un país diferente. Sin embargo, la alegría no borraba las heridas. Persistían las desigualdades, las dificultades económicas y la incertidumbre acerca de cuánto podía cambiar realmente una sociedad después de tantos años de violencia institucional.
En ese escenario apareció ese disco ardiente que fue Oktubre. Su música y sus letras parecían anunciar que la historia no había terminado con el regreso de las elecciones. Había otras batallas, menos visibles, que se libraban en las calles, en las relaciones sociales y en la cabeza de los argentinos.
Mientras el rock argentino ampliaba su presencia en los medios y en la industria del entretenimiento, Los Redondos construían su identidad desde la independencia. La autogestión, la circulación de los discos, los afiches y la organización de los recitales formaban parte de una concepción cultural que no separaba la música de la experiencia colectiva.
Con Oktubre, esa identidad adquirió una intensidad especial. Desde el impulso casi ceremonial de “Fuegos de octubre”, el álbum establece un clima de agitación. “Preso en mi ciudad” instala una paradoja que todavía resuena: ¿qué significa ser libre cuando el espacio que habitamos se convierte en una forma de encierro? La democracia había devuelto derechos fundamentales, pero no podía resolver de inmediato las limitaciones materiales ni las contradicciones de la vida cotidiana.













